Atrapado en la cultura e historia

Por: Carlos L. Cedeño Moreira-LD

No es cualquier lugar, tiene historia de país, sí, en el que nací, uno de los más diversos del planeta, donde la cultura y el arte rebosan de esplendor de modo natural, desde el que  talla un utensilio para la cocina, baila y toca un instrumento del folclor, hasta el restaurante que te ofrece una colada de machica o un ponche de chocolate.

Sí, estoy en Quito, caminando por la calle García Moreno, observando cruces e iglesias que, además de un sendero sagrado inca recuerda los templos rituales de  Ñahuira, al sol y  Huanacauri, a la luna. Pero me trae el recuerdo de clases recibidas en la infancia, y, comienzo a imaginar sobre la vereda a  Faustino Rayo cayéndole a machete limpio al presidente Gabriel García Moreno, que para mi padre de 80 años fue el mejor presidente, sin olivar la frase “Dios no muere”, que esta incrustada en una pared sobre una placa de piedra.

Habilidad en las manos con el títere

Vuelvo del pasado, mientras  recreo mi mirada; de pronto mis oídos escuchan el sonido tropical de una canción que viene desde donde está un hombre espigado, cubierto con una gorra de barba rala que casi le oculta el rostro, con la mirada hacia abajo haciendo bailar a su  títere  tocando un piano al son de la canción: baila, baila negra… que son guiados por la habilidad  del  marionetista o volatinero con el propósito de que alguien deje una “jugosa” propina en el  tarrito de lata color plateado.

Familias enteras de diversas ciudades y nacionalidades  recorren la calle: unos de simples curiosos, otros apoyando y, metiéndose la mano al bolsillo para comprar lo que le atrae como recuerdo de su paso por el sol grande. Aparece entonces ante mis ojos una dama coleccionista de monedas de diferentes nacionalidades, las  vende desde un dólar en adelante; inmediatamente me viene a la memoria mi poca colección con la  que podría hacer lo mismo con las que permanecen en algún rincón de mi vida, que más que un valor, son recuerdos pasajeros de alguna vez haber estado  por aquí o por allá.

Prosigo mi camino, para que mi mirada un poco cansada ahora penetre en un alfarero que elabora  cuadros en barros, cuyas imágenes “al tomar vida” reciben el nombre  que representan “el solitario”, “el mendigo”, “la soledad”….EL artista en barro y madera es un hombre con las manos encallecidas y el rostro curtido, pero orgulloso de su habilidad con la que sostiene a su familia. Me comenta, mientras compro tres figuras que ahora adornan mis paredes que, el proceso es primero tallar la madera que sirve como molde para luego colocar el barro y después de secar son sacados para ser pintadas. El precio del Guayasamín de barro varía de acuerdo al tamaño, desde tres por cinco dólares, hasta dos por diez  dólares dependiendo de su tamaño.

Toda una vida, estaría contigo…canta  un modernizado anciano con su parlante  colgado al cuerpo y micrófono incorporado a la altura de su boca, mientras sostiene el vasito de la propina de plástico color azul en su mano izquierda y en la derecha un bastón de guía; mientras a pocos pasos una jovencita de traje largo rojo y chaqueta de jean toca su violín. Más allá una “estatua” de blanco entero simulando a un cocinero chef; mientras me doy cuenta que mi cámara se quedó en el 2011.

Sigo caminado y me atrae el baile folclórico de un grupo de jóvenes que se han tomado una parte de la calle empedrada para hacer notar con sus llamativos atuendos que hay una identidad cultural de origen indígena de la serranía, sumándose más adelante música en vivo con instrumentos musicales que le sacan sonidos que muy pocos lo saben hacer con tambores, flautas, rondador y charango.

 

Es la calle del arte y de las diversas formas de sobrevivir o de llevar el pan a  casa. Entonces me encuentro con gente arremolinada y algún “gringo”, que por dialecto parece ser francés, ¡très beau! (muy bien) exclama, mientras con una Cannon y su mochila desgastada a la espalda toma fotografías de diversos ángulos. Es que la persona que retrata  de imperdurable seriedad, permanece acuclillado transformando la madera en utensilios para la cocina, como cucharones, bateas diminutas, molinillos y rodillos; utilizando cuchillo, pico y navaja. “Una maravilla, es genial lo que hace”, expresa una persona acompañada de su “fiel” pareja agarraditos de la mano y, uno que otro murmuro y susurro.

Los minutos se hacen horas en el lugar y se  viene  a mi memoria  una  frase, “sin libro no hay cultura”, porque alcanzo a divisar un stand de libros con variados temas, en su mayoría usados y uno que otro nuevo. Hurgo algunos, estoy casi decidido a comprar, pero recuerdo en ese momento que tengo una reserva de pocos dólares para adquirir el último libro de Mario Vargas Llosa, “La guerra del fin del mundo” de 920 páginas, que he lo buscado en algunas conocidas librerías como Rayuela, donde es posible tomarse un buen café y disfrutar de la lectura, pero ese propósito lo logré un día después de mi cumpleaños, quedaban dos  en una de la sucursales de Books.

El lugar por momento  me transporta en ese imaginario que debemos poseer los humanos  para  hacer cosas nuevas como bien lo decía Einstein, un loco con razón del conocimiento. Entonces me asalta los prejuicios del ego mezquino y reducido de que allá donde yo vivo no funcionaría, porque esto es otro nivel de cultura, ni menos, ni más, solo otro.

El autor de la nota en el balcón de Carondelet

Termina mi gira cultural en la tarde, pisando las piedras negras del palacio de Carondelet, el lugar de las sabias y malas decisiones. El lugar de los suntuosos banquetes de plata y oro de las vajillas en que se sirven los burócratas invitados, donde me senté segundos y no percibí nada diferente de otros lugares humildes donde haya estado saboreando las delicias de mi tierra. Pero sin duda que en el lugar hay paredes que guardan secretos que morirán por siempre o están guardados para algún día ser contados, mientras miro los retratos de los presidentes, con la ausencia de  Alarcón, Rosalía y otros más. Pregunto a la guía por qué es blanco el retrato de Abdalá, y me dijo que así lo mandó él a realizar (hasta que concluya el mandato…), los demás son de color obscuro.

Así concluye una mañana y tarde, no sin antes observar los valiosos regalos obsequiados al presidente Correa que permanecen en urnas para algún día ser subastados o guardados. No puedo  dejar pasar el momento sin asomarme al balcón para ver la Plaza Grande, mientras me tropiezo con el salón de reuniones de gabinete.

Es  domingo, hace frío (no polar), en la capital de la mitad del mundo, donde algunos derramaron su sangre, justa o injusta, la historia lo contó, así me lo dijeron, así lo leí y me surgen más dudas, pero todo ya son  hechos pasados, mal o bien contados y, en donde algunos hasta se definieron revolucionarios y  frenólogos.

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